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<b><font color=#006633>Silvia Casabianca - Multidimensional

SILVIA CASABIANCA - ALMA RENACENTISTA

Fue viviendo en los Estados Unidos que vine a apreciar el valor de los beneficios derivados de mis múltiples pasiones. Incluso encontré una “marca” para mi tipo de personalidad, que por cierto, se ha ido poniendo de moda. Nos llaman “almas renacentistas” y de acuerdo a la autora Margaret Lobenstine, quien probablemente acuñó el término en un libro cuyo título es “Secretos del alma renacentista”, almas con mayor capacidad de adaptación, como las nuestras, aumentan sus posibilidades de supervivencia en un mundo que se ha vuelto poco estable. Nuestras muchas pasiones y nuestra experiencia diversa nos capacitan para ofrecer un juego extra de habilidades en el mercado laboral.

Déjenme compartir con ustedes cómo fue que llegué a rotular mi alma.

No había atendido una reunión de ex-alumnos en tal vez 20 años cuando nuestra alma mater nos invitó a celebrar los veinticinco años de graduados. De los 30 estudiantes con que comenzó la clase que se graduaría en el 72, sólo 18 nos terminamos juntos. No había visto a mis compañeros en años y tan pronto como los divisé tuve la cruel revelación de que indudablemente el tiempo había transcurrido. Al verlos tuve la impresión de que se trataba de nuestros viejos profesores. Hasta entonces ellos seguían existiendo en mi mente vestidos de bluyin y chaqueta y ahora todos ellos (no yo, lo prometo) tenían cabellos grises y un crecimiento abdominal respetable. Cuando, al almuerzo, llegó el tiempo de ponernos al día sobre los años pasados, tuve otra interesante revelación. La mayoría de ellos habían realizado sus sueños, los que habían forjado tres décadas antrás.

En cambio yo… al parecer estaba todavía explorando el mundo o, como una amiga sesentona acostumbraba decir, estaba todavía en el proceso de encontrar lo que quería ser cuando grande. Indudablemente era una persona “mayor” de muchas maneras convencionales. Me había casado (y divorciado, como la mayoría de mis amigos), había criado una maravillosa hija, y podía vestirme con un serio sastre cuando la ocasión lo ameritaba.

Sin embargo, para cumplir con mi juvenil promesa de servir a los pobres, había viajado continuamente a lo largo y ancho de mi país, vivido en pequeñas aldeas, practicado medicina en la selva, publicado un periódico, escrito artículos para muchas publicaciones, estaba a punto de publicar mi primer librito, me había convertido en terapeuta artística en Canadá, había creado una fundación sin ánimo de lucro dedicada a servir a los jóvenes y abierto una innovación educativa en Cartagena. Ciertamente no era el camino que mis padres habían soñado para mí.

Un momento crucial en mi vida llegó cuando tomé la decisión de dejar la práctica como médica y entrenarme en terapia artística para ampliar mi repertorio en el trabajo con los jóvenes. También estaba entonces buscando una manera de juntar mis pasiones, de lograr una confluencia de la sanadora, la educadora y la artista que coexisten en mí. A decir verdad, hasta este 25avo aniversario no le había hecho nunca eco a las preocupaciones de mis padres sobre la necesidad de asegurar una “vida estable”. Había ahorrado poco, eso es cierto, pero había vivido plenamente y me sentía satisfecha con mis logros, convencida de que había tenido la suerte de vivir una vida excepcionalmente interesante.
Mirando a mis colegas y amigos, recordé cómo para el tiempo de nuestra graduación, nos habíamos convertido en un gran equipo de soñadores que quería marcar una diferencia en el mundo.

Ahora me doy cuenta de que simplemente teníamos diferentes maneras de perseguir ese objetivo. En ese momento, enfrente a esos exitosos colegas, todos ellos en su mediana edad, algunos con un Mercedes Benz esperando en el parqueadero, algunos convertidos doctores bien viajados y llenos de credenciales, unos pocos cabeza de importantes instituciones, en ese momento, me golpeó le revelación de qué tan temprano y con cuánta claridad, a los 20 o 22 años, ellos ya sabían que logros materiales querían alcanzar, mientras que yo seguía repitiendo que sería feliz si podía escribir, educar, sanar y viajar. Me cruzó la mente que yo debía de sufrir algún tipo de disturbio, algo como un “déficit de interés sostenido a largo plazo”. Afortunadamente, no llené los criterios de ningún diagnóstico del Manual Estadístico (DSM) para un desorden de personalidad o cualquier otro tipo de desorden porque era una persona completamente funcional y feliz.

No reescribiría ni un renglón del libreto de mi vida. Ha sido perfecto con sus altibajos y hasta los momentos duros han traído alguna recompensa porque me han dado la oportunidad de aprender y compartir mis ganancias espirituales. Ahora sé con claridad que mi vida continuará girando alrededor de los mismos roles de educadora, sanadora y escritora. Pero nada más tengo seguro. Y esto me parece aceptable.

Hace unos años, volviendo de Canadá llena de conocimiento acerca de los estereotipos (digo, diagnósticos) con que se clasifica a los enfermos mentales, me prometí que ahora sí iba a quedarme en un solo sitio más allá del característico período de tres o cuatro años y que dedicaría mi vida a una sola actividad. ¿Sería realmente posible? Parece que la vida tenía otros planes para mí. Sí me quedé en la casa que compré en Cartagena por 12 años, mientras tenía tres trabajos, dirigía una fundación y atendía mi clientela particular. Y cuando creía que de verdad me había convertido en adulta… entonces, muy de repente, tuve que venir a vivir a este país cuando las cosas se pusieron espinosas en el mío. Por fortuna, acepté el reto como una oportunidad para un nuevo comienzo en esta tierra, en la cual sigo persiguiendo mis múltiples pasiones.
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